En fechas recientes, el mercado mundial de bebidas alcohólicas ha experimentado una súbita y muy “peculiar” conversión, en la que prácticamente todas las grandes marcas cuentan con al menos un producto sin alcohol. Llama mucho la atención esta oleada, esta especie de nado sincronizado en el que se han embarcado muchísimos productores. Por otra parte, no hay que olvidar que las bebidas sin alcohol llevan muchos años existiendo y, por ende, satisfaciendo la poca demanda de esta clase de productos, que siempre han sido solicitados por las mismas causas y consumidores. Empero, en la actualidad se ha construido una narrativa cuya retórica se está trabajando para insertarla en la conciencia profunda de la población, creando así una plataforma mayor de nuevos y antiguos consumidores.
Los argumentos empleados para la promoción de las bebidas sin alcohol son meros constructos retóricos, elaborados a partir de hechos reales y datos comprobables, pero manipulados para redirigir el mensaje, cambiando de este modo la realidad; esto es la metaverdad o postverdad. Algunas sentencias muy comunes empleadas para la justificación y propagación de estos productos son: “los jóvenes son más sanos” (esta frase es una de las más risibles y una de las mayores ironías que he escuchado), “los jóvenes de hoy son más fit”, “los jóvenes beben menos alcohol” (¡uff, otra frase muy oscuramente graciosa!). De algún sarcástico y cínico think tank debieron salir tales falacias, que se encuentran triste y sumamente lejos de la realidad.
Si nos basamos en datos de organizaciones especializadas en el tema, como la propia OMS a nivel mundial, o, para el caso mexicano, la Secretaría de Salud y el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), se nos muestra una realidad que contrasta brutalmente con esa retórica barata con la que han permeado al mundo. Desafortunadamente, no me sorprende que la inmensa mayoría de la población sea moldeada por estas postverdades, ya que las acepta sin dudar ni un segundo y, menos aún, se toma el tiempo para estudiarlas e investigarlas (lo más paradójico es que la realidad está a tan solo un “clic de distancia”).
Los estremecedores datos que nos muestran estas organizaciones indican que nuestra juventud consume altas cantidades de drogas sintéticas y que esta tendencia va en aumento (solo hay que observar las crisis que existen en países como Brasil, México, algunos países europeos o Estados Unidos); el altísimo consumo de alcohol entre jóvenes que presentan graves trastornos de alcoholismo (provocado por la pésima política de prohibición y no de educación); el grave sedentarismo entre la población joven, registrado en la última década y en constante aumento, debido al uso excesivo de videojuegos, celulares, tabletas y toda clase de plataformas de entretenimiento en casa; y, finalmente, los riesgosos problemas de salud que se han incrementado en la población infantil y juvenil debido a una alimentación deficiente, saturada de comida ultraprocesada, bebidas azucaradas y demás porquerías.
Así, aquellas metaverdades que se esgrimen para vender al mundo sus bebidas sin alcohol, frente a la abrumadora realidad, simplemente se desmoronan con una facilidad impresionante. Es curioso que este argumento sea “consumido” por personas que ni hacen deporte ni llevan un estilo de vida “sano”, pero que por moda ahora beben sin alcohol. También resulta peculiar cuando algunos colegas sommeliers (u otros especialistas) abanderan estas postverdades para legitimar la venta, divulgación y propagación de bebidas sin alcohol.
Para terminar, debo aclarar (una vez más) que no estoy en absoluto en contra de la existencia de estos productos sin alcohol; al contrario, qué bueno que existan para satisfacer la demanda que haya. Mi crítica va más bien en el sentido de su excesiva propagación y del uso de metaverdades para venderlos como una suerte de “doctrina” que se está imponiendo a nivel global, en detrimento de los productos originales.
